Revista de libros Nº 100
31/3/2005
Stanley G. Paine
Mark Beissinger: Nationalist
Mobilization and the Collapse of the Soviet State
Cambridge University
Press, Cambridge
El desmembramiento de la Unión Soviética y
el proceso análogo que se produjo en Yugoslavia fueron los acontecimientos fundamentales en el resurgimiento y la expansión del nacionalismo en Europa y en gran parte del mundo durante las dos últimas décadas del siglo
xx. En los años noventa el nacionalismo, junto con su corolario de «política identitaria», volvió a convertirse en un importante tema de estudio en las universidades occidentales, aunque entre los profesionales el tono no fue de aprobación, ya que el nacionalismo parecía a menudo intransigente, intolerante, codicioso y enormemente subjetivo. De ahí la tendencia entre muchos de estos estudiosos a concluir que las naciones consagradas por proyectos nacionalistas no solían ser más que -en la expresión bien conocida de Benedict Anderson-«comunidades imaginadas».
La experiencia soviética fue muy llamativa a este respecto,
porque durante más de medio siglo los líderes soviéticos se jactaron, seguros de
sí mismos, de que habían resuelto el «problema de las nacionalidades». Antes de la
revolución, Lenin y otros
habían denominado al viejo imperio zarista
«la prisión de los pueblos»: dentro
de su vasto ámbito gobernaba sobre
más de un centenar de grupos étnicos
y lingüísticos diferentes, entre los
que sólo los afortunados finlandeses
(y, brevemente, los polacos) disfrutaron
de un cierto grado de autonomía. Nada
de esto había disuadido a Lenin y a
sus compañeros comunistas de recrear
el viejo imperio con el alcance más
completo posible valiéndose de su nuevo Ejército Rojo. Aunque Lenin había consagrado el derecho a la «independencia nacional» en sus demagógicos llamamientos de 1917, entre 1920 y 1923
el Ejército Rojo reconquistó la inmensa
mayoría de los pueblos no rusos, con
la sola excepción de los Estados bálticos
y Polonia.
Esto suscitó el tema urgente de cómo cuadrar el círculo de un vasto y nuevo
imperio basado supuestamente en
naciones libres. Mientras que Stalin -no
ruso- propuso inicialmente someter a
todas las minorías a un Estado ruso, lo
que garantizaría «autonomías» ficticias, Lenin -un ruso étnico-conduyó que esto nunca
funcionaría. Había que crear una estructura más elaborada de incentivos y amenazas en un intento de
cuadrar el círculo.
El resultado fue el reconocimiento del pleno estatus de república (en teoría, casi independiente) para
las nacionalidades
más avanzadas y de mayor tamaño, que luego se federaron conjuntamente —y haciendo uso de una supuesta
libertad- como la nueva Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas.
Y esto no era más que el principio. El nuevo sistema soviético anunció oficialmente que la marcha hacia el socialismo produciría, y de hecho lo necesitaba absolutamente, el desarrollo pleno de la
identidad y la cultura nacional, ya que la nacionalidad era un elemento constitutivo de la modernidad e incluso un preludio necesario al socialismo. Todos los ciudadanos soviéticos,
por tanto, habían de tener una identidad
nacional o étnica, así como el derecho a utilizar su propio idioma en el
desarrollo educativo y cultural. En
consecuencia, se crearon formalmente una serie de «repúblicas autónomas» para pueblos más pequeños dentro de las
Repúblicas Socialistas Soviéticas (RSS) constitutivas, y para pueblos aún más
pequeños se establecieron docenas de «distritos autónomos», de tal modo que el mapa oficial de la administración interna estaba integrado por una desconcertante variedad de numerosos
«distritos autónomos», «regiones autónomas» y «repúblicas autónomas» dentro de las diversas RSS. La república
rusa (técnicamente, República Socialista Federada Soviética Rusa, o RSFSR), que
ocupaba por sí sola más de la mitad del territorio de la gigantesca Unión Soviética, era un vasto Estado
multinacional por sí misma, que contenía un
complejo agregado de repúblicas y distritos nominalmente autónomos. Todo esto se mantenía unido, por supuesto, por medio de la dictadura del
Partido Comunista de toda la Unión
Soviética, con su sofisticada policía y su considerable ejército. Sin embargo, el uso de los idiomas locales, el fomento
de las culturas no rusas y la política de korenizatsiya
(o «indigenización»), según la
cual los máximos dirigentes locales
eran al menos miembros nominales del
grupo étnico local, proporcionaban incentivos nominales que hacían que
la dictadura resultara más digerible.
La política soviética,
especialmente durante los años veinte y los primeros años treinta (aunque, en cierta
medida, también
después), no buscó plenamente dar cabida a un cierto grado de identidad nacional, sino que
la promovió también positivamente. Como se consideraba que el reconocimiento de la nación era
un elemento básico de modernización y de la marcha hacia el socialismo, de ahí se
seguía que la identidad nacional había de cultivarse en toda la Unión Soviética.
Pronto todos los ciudadanos soviéticos
hubieron de tener por ley su identidad nacional
sellada en sus documentos identificativos, y se reconoció una identidad nacional incluso para grupos étnicos
pequeños que no revelaban ninguno de los
elementos que caracterizan
normalmente a una nación. Se codificaror y cultivaron idiomas que no se
habían escrito nunca, dando como resultado lo que Terry Martin ha denominado The Affirmative Action Empire: Nations and Nationalism in the Soviet Union, 1923-1939 (Ithaca, Cornell University Press, 2001).
Esta política de nacionalidades
única, así como el
triunfo mismo del comunismo, se habían visto facilitados por el hecho de que el sentimiento
específico de nacionalismo ruso había
sido siempre débil, más débil de hecho que en
cualquier otro gran grupo étnico europeo,
incluido el español. El Estado moscovita se había convertido en un imperio antes de la época del nacionalismo, y antes de 1881 la administración autocrática de un Estado multinacional había tendido a atajar el nacionalismo étnico ruso, a pesar de que el ruso había sido el idioma estatal.
A mediados de los años treinta,
el estalinismo pleno había empezado a
restringir la aplicación de la política de
nacionalidades, a pesar de que se conservaban sus principales elementos.
Stalin reforzó los controles totalitarios, purgó
implacablemente al personal nativo en todos
los grupos étnicos más importantes mediante la persecución del
«desviacionismo nacionalista» y empezó a
privilegiar por primera vez la
historia rusa y a los héroes históricos rusos, en parte en un esfuerzo por promover una mayor solidaridad a la vista de la probable guerra extranjera. Esa
tendencia, aunque limitada, ha sido
estudiada recientemente en National
Bolshevism: Stalinist Mass Culture and
the Formation of Modern Russian National
Idéntity, 1931-1956 (Cambridge,
Harvard University Press, 2002), de
David Brandenberger. Continuó durante la Segunda Guerra Mundial, que incluyó programas soviéticos cuasi genocidas de deportaciones masivas de grupos étnicos acusados de colaboración real o potencial con los invasores alemanes, un proceso estudiado por vez primera por Robert Conquest en The Soviet Deportation of Nationalitíes (Londres, Macmillan, 1960), y más tarde por el
historiador disidente ruso Aleksandr Nekrich en su libro The Punished Peoples (Nueva York, Norton, 1978). La resistencia guerrillera se mantuvo con bandas nacionalistas armadas en las recién conquistadas
repúblicas bálticas y en el oeste de
Ucrania durante casi una década a
partir de 1944, pero aquélla fue aplastada
lenta y sistemáticamente.
La política oficial de
nacionalidades, por lo
demás, cambió sólo un poco. Estonia, Letonia y Lituania se convirtieron en auténticas «RSS de la Unión», y la diminuta Tannu Tuva, en la frontera china, incorporada oficialmente en 1944, pasó a ser una «región autónoma».
La política lingüística avanzó cada vez más
hacia la rusificación, pero nunca se
promovió oficialmente un declarado nacionalismo ruso. Un nuevo objetivo —el de trascender en última instancia la nacionalidad individual por medio de la
construcción de una nueva y única «nación
soviética», basada en identidades étnicas
múltiples— acabaría consagrándose
como la meta a alcanzar en décadas
posteriores del régimen soviético.
Los extremos de la represión se suavizaron tras la
muerte de Stalin, pero la dictadura
soviética nunca dudó en utilizar cualquier tipo de fuerza que fuera necesaria para mantener un control firme. En los años setenta y ochenta, sin embargo, se había sumido en la rutina,
la corrupción profunda y una tendencia cada
vez mayor hacia el estancamiento. Su recién descubierta «legalidad soviética» produjo técnicas más sofisticadas que eran considerablemente menos brutales. Las RSS de la Unión
estaban ahora dominadas por camarillas del
Partido que pasaron a estar
parcial, aunque nunca
plenamente, etnicizadas, y en la
propia República Rusa el liderazgo
soviético miraba benignamente las
expresiones de la identidad étnica y
el protonacionalismo rusos como un
medio para el mantenimiento do la identidad común y el control. Estas tendencias restringidas hacia el rusismo durante la última parte del período soviético han sido estudiadas en Reinventing Russia: Russian Nationalism and the Soviet State 1953-1991 (Cambridge,
Harvard University Press, 1998),
deYitzhak M. Brudny.
No obstante, toda disidencia
manifiesta
seguía reprimiéndose firmemente y la supremacía del sistema soviético había pasado a aceptarse, al
decir de todos, como una
triste realidad incluso en las repúblicas
bálticas y el oeste de Ucrania. El liderazgo reformista de Gorbachov no
tuvo la más mínima sensación de que el Estado soviético multinacional pudiera correr el menor peligro de resultas del
renaciente nacionalismo cuando inició una
limitada perestroika o «reestructuración» económica en 1986. No
se trataba más que de un tímido esfuerzo por introducir algunas de las reformas
puramente económicas que el régimen comunista
chino llevaría a cabo poco después con un éxito mucho mayor. La resistencia a la perestroika dio lugar a su vez en 1987 a la política de glasnost (franqueza o transparencia), de mayor libertad
de información y expresión, esta vez para
generar un mayor apoyo para la perestroika
económica.
Lo que resultó inesperado fue el giro político que adoptaron las expresiones de la glasnost durante 1988, lo que se tradujo en exigencias de mayor representación yala inversa, en una renovada oposición a los planes de Gorbachov
por parte de la élite soviética. Las
elecciones al congreso del Partido Comunista de la totalidad de la Unión Soviética de 1988 fueron aún concebidas por
Gorbachov para movilizar el apoyo a la perestroika
económica, pero se había
iniciado un proceso que para entonces estaba ya fuera de control cuyo siguiente paso fueron unas elecciones
semilibres al parlamento de la Unión Soviética
en 1989. Aunque por entonces
Gorbachov reconoció que un cierto
grado de democratización política
resultaba inevitable, antes de 1990 existían pocas expectativas de que esto pudiera dar lugar a una irresistible presión neonacionalista contra el propio Estado soviético.
Lo que sucedió, en cambio, fue que la reforma y democratización parcial abrieron las compuertas de lo que pronto se convirtió en una marea irresistible
de nacionalismo, a la que se unieron cada
vez más los rusos étnicos, y a la que no pudo hacer frente una élite soviética profundamente dividida que
ya no deseaba o no era capaz de utilizar la
represión masiva de años anteriores. Lo que casi nadie predijo en fechas tan tardías como 1985-1987 se había
convertido en una realidad en 1991. En este muy «infrapredicho» acontecimiento trascendental del siglo XX, el nacionalismo había suministrado no tanto la causa como el irresistible
golpe de gracia. De todas las nuevas formas
de nacionalismo de finales del siglo
xx, los nuevos movimientos en la antigua
Unión Soviética fueron a la larga
los que tuvieron el mayor impacto.
Es mucha la literatura que se ha dedicado en idiomas muy diferentes al desmembramiento de la Unión Soviética, la mayor parte de ella periodística, una pequeña parte muy erudita. El nuevo libro
de Mark Beissinger no es una
narración histórica más, sino que constituye,
en cambio, el estudio más exhaustivo
y perspicaz que se ha escrito de
lejos sobre el papel del nacionalismo
en este proceso. Crea una serie de
complejas mediciones y predicciones ejemplares de protesta pública y movilización nacionalista, y de qué fue lo que lograron y lo que no, situando el
papel del nacionalismo dentro de un amplio número de factores, influencias y variables que se vieron implicadas en el colapso soviético. Ha alcanzado
un amplio reconocimiento como el estudio
clave de este proceso, y también como un modelo de un complejo análisis de ciencia social. Ha obtenido tres premios académicos diferentes
dentro de Estados Unidos, aunque hasta el momento no se ha traducido al español.
Uno de los primeros hallazgos
fue que la
estructura multinacional de la Unión Soviética no albergaba un hervidero de movimientos
nacionalistas a la espera de explotar. Aunque es poco el progreso que se había hecho en
la consecución de
la cacareada y única «nación soviética», se había contenido eficazmente al nacionalismo
activo, si bien no se había extirpado por completo, tal y como ha mostrado Dina Zisserman-Brodsky en su Constructing Ethnopolitics in the Soviet Union: Samizdat, Deprivation and the Rise ofEthnic Nationalism (Nueva York,
Palgrave Macmillan, 2003). Cuando
Gorbachov llegó al poder en 1985, sin
embargo, apenas podían encontrarse organizaciones
nacionalistas eficaces. La política
de nacionalidades soviética había creado de hecho identidades nacionales entre pueblos pequeños, atrasados, que no habían existido antes, pero esto no se había traducido por regla general en una sensación activa de nacionalismo entre
la mayor parte de ellos. Cuando las
reformas de Gorbachov permitieron una
mayor libertad, las primeras exigencias
que se oyeron en la Unión Soviética tuvieron que ver con la libertad de
expresión plena, la democracia en el seno
del Partido Comunista, las elecciones
multipartidistas e incluso con asuntos
como la protesta de los ecologistas. La
política y la represión soviéticas habían dejado el nacionalismo
potencial tan inactivo que surgió
únicamente en el tercer y cuarto
estadios del liberalismo y la protesta, aunque a comienzos de los años noventa había pasado a convertirse en la forma dominante.
Un segundo hallazgo muy relevante guarda relación con la importancia de la contingencia y los acontecimientos.
Beissinger observa que las «teorías del nacionalismo han tendido a resaltar la estructura por encima de la acción», subrayando las precondiciones y factores estructurales que alientan el nacionalismo
aunque no consigan valorar el papel de la contingencia, acontecimientos y oportunidades nuevos y repentinos,
y el papel de la emulación. Muestra de modo
convincente que en los últimos años
de la Unión Soviética los
acontecimientos se alimentaron entre
sí y una cosa conducía a la otra. La mayor
libertad para movilizarse y protestar
hizo posible pasar de demandas limitadas
y en apariencia casi inocuas a reivindicaciones
más radicales. Un proceso de analogía
o lo que en ocasiones recibe el
nombre de «efecto demostración» dio
lugar a demandas similares entre
grupos o nacionalidades diferentes una vez que la secuencia se puso en movimiento. Beissinger se refiere a lo que él llama «corrientes» generales de acontecimientos
que dieron lugar a la imitación y la réplica por toda la Unión Soviética de modos que encontraban cada vez
menor resistencia. Las demandas
iniciales de libertad cultural nacional y mayor democracia concluyeron en
algunos casos con exigencias de una
total independencia, recapitulando
una secuencia de exigencias habituales desde el siglo XIX. Beissinger identifica
varias corrientes u oleadas de acontecimientos,
que generalmente surgían de resultas
de grandes cambios, como el congreso de representantes del nuevo partido de 1988, las elecciones de 1989 y otros. Subraya, además, que había
habido al menos otras cinco oleadas
o corrientes internacionales de nacionalismo
en la historia reciente europea, que
habían tenido lugar anteriormente en 1820-1821,1830-1833, 1848-1849,1875-1876 y
1910-1922. La base de datos en que
se fundamenta este estudio es extremadamente amplia: se trata, de hecho, de una de las más amplias que se han visto en la literatura contemporánea de las ciencias sociales. Una lectura exhaustiva de los medios de
comunicación soviéticos y de los datos de la policía ha arrojado un total de 6.663 manifestaciones de protesta (con al menos cien
participantes en cada una) y 2.177 actos
masivos violentos (con al menos quince
participantes en cada uno), una suma de casi 9.000 incidentes para el
período entre enero de 1987 y diciembre de 1992. El autor codificó y correlacionó posteriormente cada uno de estos acontecimientos, todo lo cual sirve
para explicar por qué necesitó trece años
para completar el libro. Estos datos se organizan en numerosos gráficos y tablas para explicar múltiples temas de periodicidad, interrelación y relación con otras variables.
Un importante factor en este
proceso son los
papeles de las estructuras, las restricciones institucionales y la represión, o ausencia de ella,
por parte del Estado. Anteriormente habían demostrado ser decisivos, pero
perdieron cada vez más eficacia. Una de las partes más impresionantes del
estudio es el modo en que Beissinger demuestra la interrelación entre estos factores y
la movilización y la
protesta nacionalistas. Está claro
que en la época de Gorbachov una serie de
cambios históricos, políticos y culturales habían dejado a la élite soviética
no tanto incapacitada como poco dispuesta a
utilizar los niveles de represión
estalinistas. Pero se empleó de diversos
grados en varios niveles, y en numerosos
casos, a pesar de que la fuerza utilizada
no fuera abrumadora, resultó eficaz. Las protestas nacionalistas entre algunos de los pueblos más modestos fueron eficazmente aplastadas, tanto antes
como después del desmembramiento del propio
Estado soviético. La represión debe
examinarse también en relación con
las estructuras existentes y otras restricciones institucionales. En el caso de muchos pueblos más modestos, la
incorporación lingüística y económica
dentro del marco ruso o de otras nacionalidades
más amplias había alcanzado un nivel
tal que no acabaron nunca de tomar
cuerpo realmente las protestas
nacionalistas a gran escala. En algunos
casos, esas estructuras y limitaciones siguieron
siendo eficaces sólo durante un cierto período de tiempo, ya que luego empezaron a resquebrajarse bajo la influencia de tremendas oleadas de movilización
y protesta que llegaban arrastradas desde
otras regiones.
Este estudio relaciona de modo convincente la movilización nacionalista con diversas variables fundamentales: la experiencia de la creación de Estados
independientes a comienzos del siglo xx, el
tamaño de la población (normalmente
se requería una nacionalidad que contara al menos con 560.000 personas), un cierto nivel de urbanización
(28 por 100) y, lo que era igualmente
importante, la conservación del idioma nacional como lengua materna por parte del 86 por 100 del supuesto
grupo nacional. Pero no todos esos grupos étnicos que habían logrado una eficaz
movilización adquirieron la
independencia nacional, ya que el
desmembramiento se produjo a la manera de la estructura existente de «unión de repúblicas» y las nacionalidades
que no disfrutaban del estatus existente de
república de la unión consiguieron únicamente, en el mejor de los casos, una autonomía reforzada.
Tampoco demandaron la independencia las
poblaciones de todas las repúblicas de la unión. Antes de 1985 se daba por supuesto que la
principal presión para el separatismo étnico llegaría de los habitantes de las
repúblicas centroasiáticas,
con su tasa de natalidad muy alta y su
religión y cultura islámicas. En
ninguna otra parte del mundo soviético
parecía la relación con Moscú tan típicamente «colonial» como en Asia central. En la práctica, sin embargo, estas repúblicas de la unión permanecieron en gran medida muy inactivas, debido en parte a sus niveles más bajos
de modernización y urbanización y a una
menor identidad cultural nacional, a lo que se añadía el hecho de que las repúblicas existentes no habían
sido nunca Estados históricos y no habían
disfrutado de independencia durante
más de un siglo. La situación era
algo similar en la Bielorrusia eslava,
fuertemente rusificada lingüísticamente,
menos urbana e industrial, pero plenamente incorporada a la estructura soviética. Estas repúblicas pasaron a ser independientes
sólo cuando todas las demás hicieron lo
propio y se quedaron sin ninguna
otra alternativa.
Uno de los capítulos más interesantes trata de los casos de seis grupos étnicos que no se ajustaban al modelo. Los uzbekos
y los turkmenos deberían haber generado una mayor movilización, ya que encajaban en la mayoría de los criterios, pero diversas restricciones culturales e institucionales, combinadas a veces con una abierta represión y, más tarde, con un cierto grado de cooptación, limitaron la movilización nacionalista. Varios pequeños pueblos —los abjazos, los gagauzes, los bashkires y los tuvanos- lograron significativas movilizaciones
nacionalistas a pesar de que no satisfacían
la mayoría de los criterios. En el
caso de los tres primeros, un factor fundamental
fue un enconado conflicto étnico con
los más movilizados moldavos,
georgianos y tártaros, y en el caso
de los tuvanos su cuasi independencia nominal entre las dos guerras mundiales. Los tártaros del Volga, a su vez, lograron realizar importantes movilizaciones,
pero hubieron de conformarse con una autonomía reforzada en el seno de la nueva
Federación Rusa.
Beissinger se muestra de
acuerdo con quienes
han defendido que el colapso
de la Unión Soviética no era inevitable. Surgió de un proceso iniciado por unas reformas del nuevo Estado que no necesitaban haberse realizado. Las protestas y las reformas no
comenzaron con el nacionalismo, sino que únicamente acabaron provocándolo. El nacionalismo exacerbado que se
tradujo en una independencia por escisión dependía de una compleja combinación de factores: súbitas nuevas
oportunidades que aumentaban progresivamente,
la influencia de otros ejemplos y de nuevas y arrolladuras corrientes de acontecimientos, un cierto tipo de historia nacional o cultural, unas ciertas dimensiones mínimas, un cierto
nivel de modernización y actividad cultural, y la conservación del idioma nacional. Por otro lado, la mayoría de las supuestas naciones, o los grupos
étnicos con identidades nacionales, carecerían de ese derecho. Saldrían de la
experiencia del desmembramiento soviético aún como minorías, ahora en el seno de nuevos y diferentes Estados independientes, aunque en los casos de algunos de los grupos más amplios con una
mayor autonomía interna que antes.
El desmoronamiento de la Unión Soviética provocó
una cierta violencia, pero
sorprendentemente poca. Los nuevos líderes
soviéticos habían perdido la determinación, y en ocasiones posiblemente el poder, para reprimir con eficacia, ya que la serie de reformas y protestas se sucedían fuera de control. Los peores episodios de violencia interétnica tuvieron lugar después de que la Unión Soviética ya se hubiera desmembrado. Todos los peores casos
y los mayores números de víctimas se produjeron en conflictos entre musulmanes y no musulmanes, o a veces entre grupos musulmanes rivales. No fue el resultado del conflicto entre comunistas y no comunistas, ya que muchos de los comunistas acabaron convirtiéndose antes o después en
nacionalistas. El argumento del «choque de
civilizaciones» encuentra aquí un
cierto apoyo.
La
desintegración de la Unión Soviética no
solucionó muchos de estos problemas.
Sólo las nacionalidades de mayor tamaño lograron la independencia, mientras que
la mayor parte de las minorías
siguieron siendo minorías. La Rusia
independiente, técnicamente la
«Federación rusa», aún puede
seguir llamándose una especie de imperio, ya que conserva una variante del antiguo
sistema soviético de la RSFSR con sus múltiples repúblicas autónomas y distritos autónomos internos. El conflicto separatista checheno se ha convertido en uno de los más sangrientos
y crueles del mundo. La república de Georgia y algunas otras tienen sus propios
problemas graves con las minorías. Incluso
en las ilustradas y progresistas repúblicas
bálticas «europeas», las grandes
minorías rusas son ciudadanos de
segunda fila que se resienten de derechos
civiles algo restringidos.Y la
mayoría de las repúblicas
postsoviéticas son bien «democracias
autoritarias», bien, en los Estados musulmanes,
dictaduras personales pobremente
disfrazadas.
¿Qué lecciones han de
aprenderse del desmembramiento soviético y sus secuelas? Una es que aun los
regímenes autoritarios han de pagar un
alto precio a la hora de reprimir una movilización
nacionalista generalizada. Una vez que ésta
se desarrolló finalmente en la Unión
Soviética, los más moderados líderes
soviéticos que buscaban administrar lo que había pasado a conocerse como la
«legalidad soviética» no estaban
dispuestos ni podían pagar ese
precio. Del mismo modo, el gobierno
cuasi democrático de Boris Ycltsin se retiró de la guerra abierta que se libraba en Chechenia en 1995, pero el régimen posterior de Putin se mostraría
deseoso de pagar ese precio.
Una segunda lección se limita a repetir la aprendida tras el Tratado de Versalles
de 1919: la creación de un número
considerable de Estados independientes no resuelve necesariamente todos los problemas de nacionalismo y
autonomía, porque hay muchas naciones
potenciales y muchas minorías nacionales diferentes que tienen aún que acomodarse. En ocasiones son miembros de los anteriores Henenvolker quienes
constituyen las nuevas minorías, como en los casos de los alemanes
después de 1919 y los rusos después de 1991. El incesante papel del nacionalismo en los principales Estados postsoviéticos ha sido estudiado por Anatoly M. Khazanov en After the USSR: Ethnidty, Nationalism, and Polí-tícs in the Commonwealth of Independent States
(Madison, University of Wisconsin Press,
1995).
Una tercera lección guarda relación con la utilidad de las negociaciones
políticas, aunque el éxito de las negociaciones depende también a su vez de complejos factores históricos y nuevos
factores políticos, que en algunas circunstancias pueden no darse en un
número suficiente para producir un
resultado positivo.Varias nacionalidades, como los tártaros del Volga en la Federación
Rusa, evitaron cualquier intento de
independencia, pero lograron una autonomía considerablemente reforzada por medio de las negociaciones. Las minorías rusas en las repúblicas bálticas fracasaron a la hora de negociar
eficazmente en el momento en que podrían haber conseguido concesiones más fácilmente.
Una cuarta lección tiene que ver con los logros inciertos de la violencia nacionalista.
Los movimientos independentistas más
importantes de la antigua Unión
Soviética no hubieron de emplear en
absoluto mucha violencia, sino que
se beneficiaron de las poderosas
fuerzas de cambio político que actuaron
a su favor. En los casos de algunos otros,
como los tuvanos y los gagauzes en
Moldavia, una violencia limitada
parece haber ayudado a ganar una
autonomía incrementada significativamente. En otros casos, sin embargo, la
violencia ejercida por los nacionalistas
fracasó por completo. Los chechenos, que generaron -proporcionalmente— la mayor violencia de todos, han padecido a su vez la más feroz represión, que ha devastado por completo su país. La violencia es un «factor x» que, dependiendo de las circunstancias, puede fracasar rotundamente.
Una quinta lección podría ser el papel del
reconocimiento y el apoyo internacional.
Aunque unos gobiernos opusieron
generalmente resistencia a la desintegración
de la Unión Soviética, otros
aceptaron la independencia de las «repúblicas
de la unión», si bien tanto unos como otros rechazaron eficazmente
cualquier otro desmembramiento a cargo de
grupos étnicos más reducidos. Una
vez que lograron su independencia, las antiguas repúblicas de la unión
respetaron y reforzaron las fronteras y la
integridad del resto (con las
excepciones de Armenia y Azerbayán),
del mismo modo que los Estados africanos que surgieron del dominio
colonial han mantenido las fronteras respectivas,
a pesar de la definición inicialmente
arbitraria de dichas fronteras. La
Federación Rusa, por ejemplo, se mostró muy interesada en reprimir la independencia
chechena dentro de Rusia, pero apenas brindó
apoyo a minorías étnicas rusas en otros Estados.
Una sexta lección sería el
aumento inmediato de estabilidad de Estados cuya base era una nación, a pesar de que aquéllos pudieran incluir minorías étnicas muy extensas. Una vez alcanzada la independencia, las antiguas repúblicas
de la unión han podido en todos los casos mantener su integridad, al tiempo que decaía la oposición de la mayor parte de las minorías nacionales,
excepción hecha de las de Georgia. Aquí parecen haberse visto implicados diversos factores: cada uno de los nuevos Estados se basaba en una nacionalidad hegemónica; casi todos ellos estaban
dispuestos a emplear la represión con
más vigor, si era necesario, del utilizado por el gobierno de Gorbachov
para controlar las minorías; fueron
reconocidos y más o menos apoyados
por el sistema estatal internacional;
ellos se apoyaban, a su vez, entre sí; y, en medio de los terribles problemas
económicos que comportaba la introducción de
las economías de mercado, surgió una
suerte de agotamiento político para la mayoría de las restantes minorías nacionales.
En sus últimos años, la Unión
Soviética fue
tildada a veces del «último gran imperio multinacional gobernado por blancos». Esta terminología simplificaba en
exceso una situación enormemente compleja,
pero su desintegración ha
proporcionado el ejemplo aislado más extenso de movilización nacionalista en toda la historia. Como señala Beissinger, «la corriente glasnost de
nacionalismo reconfíguró fundamentalmente el espacio político y el poder
político en más de una sexta parte de la
superficie del mundo, puso fin a setenta años de historia del comunismo en Europa, zanjó la división de la Guerra Fría en la política internacional
y dio lugar a una nueva hegemonía del
capitalismo global». Sus efectos se
dejaron sentir, en cierta medida, en
lugares tan lejanos como España, Escocia y Quebec, aunque estas influencias
se vieron relativamente atenuadas en
Occidente.
Las corrientes de nacionalismo fueron más frecuentes en el siglo XIX, y desde 1875 se han visto cada vez más espaciadas. Aunque pueden encontrarse
desafíos internos al sistema estatal existente
en varios países europeos, la actual estructura de Estados dentro de la Unión
Europea tiende a ser mutuamente reforzante. Las negociaciones internas
siempre tienen lugar dentro de sistemas de
gobierno democráticos, pero es improbable que se produzca otra gran corriente de nacionalismo en un futuro próximo. El sistema europeo actual
de cooperación internacional forja un
respeto mutuo por la integridad de
los miembros, mientras que la práctica democrática, en contraposición a la política de los Estados autoritarios, da
cabida a las diferencias internas sin
que surjan rupturas.
Podría plantearse como última pregunta si la
experiencia soviética y de Europa del Este plantea algunas lecciones para el caso de España. Y aun en el caso de que las conclusiones anteriores fuesen
válidas para Europa en su conjunto, aún cabría preguntarse: «¿España es diferente?». El grado de controversia creado por las fuerzas separatistas es actualmente mayor en España que en cualquier otro país europeo y, pace Zapatero, no existe una solución fácil que negociar.
Está claro que España no es
directamente
comparable ni a la Unión Soviética ni a Yugoslavia (esta última se rediseñó en 1945 como una Unión
Soviética en
miniatura, en la línea de la estructura propuesta para España por el Partido Comunista antes de 1936). Ambos sistemas eran entidades genuinamente supranacionales, a pesar de su estructura
interna de repúblicas nacionales
nominales. Dado este carácter supranacional
(y también enormemente autoritario),
casi todas las grandes nacionalidades
podían esperar conseguir su objetivo
por medio de la secesión. España,
por contraste, es un Estado nacional
pluralista y asimétrico que contiene un número comparativamente reducido de grupos étnicos separatistas o cuasi separatistas, aunque la sensación de identidad nacional es más débil que en la
mayoría de los Estados europeos. En España no hay ninguna posibilidad de un colapso del Estado nacional mientras las fuerzas separatistas no tengan la fuerza de escindirse por sí solas.
Queda el tema de «facilitar» el
separatismo por
parte de otras fuerzas españolas, lo que cambiaría radicalmente la ecuación. No existen precedentes de ello en la política europea contemporánea, pero —hipotéticamente— España podría ser «diferente». Esta facilitación sería
de algún modo equivalente a la que los
republicanos de izquierda proporcionaron a los revolucionarios en 1936. No es probable que esta facilitación
llegara al extremo de permitir el separatismo
total, aunque puede alentar, sin
embargo, un buen número de problemas
a sólo un paso del separatismo.
Un factor decisivo cuya
influencia no puede determinarse de antemano es el de las condiciones y los
conflictos internacionales. Las condiciones internacionales favorecieron el
separatismo y la independencia nacionalistas en los años noventa. Los nacionalistas
vascos y catalanes esperan y suponen que la globalización del siglo XXI tendrá
efectos igualmente benéficos para ellos, aunque no está claro que las cosas vayan
a ser así.
Además, no puede predecirse
cómo afectarán a España
las tensiones intercontinentales e intercivilizacionales, que es probable que se agudicen en
años venideros. En
Rusia ya han tenido el efecto de
exacerbar el nacionalismo y el control
panruso, pero Rusia no ha llegado a ser nunca un país plenamente democrático. Los pesimistas podrían argüir que España ya ha pasado una especie de «umbral negativo» de secularismo,
hedonismo y cosmopolitismo más allá
del cual es imposible cualquier reacción
patriótica, aunque se trata probablemente
de una exageración.
Aunque España no haya de compararse con la Unión Soviética o con Yugoslavia, habrá de seguir enfrentándose, sin embargo, a una combinación única de desafíos sin parangón en ningún otro país occidental. Aquélla está integrada,
por un lado, por poderosas fuerzas
separatistas dentro de casa, a lo que se une un problema creciente de inmigración no asimilable y, asimismo, una frontera meridional turbulenta. La simultaneidad
de los tres factores es única y bien puede significar que la próxima generación de la política española será más tensa y conflictiva de lo que lo han sido los últimos veinte años.
Traducción de Luis Gago