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Metafísicas nacionales
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Trascripción de la conferencia que con ese título pronunció el catedrático de Filosofía del Derecho Juan Antonio García Amado, en la Facultad de Derecho de la Universidad de León, en el marco del seminario 'León y la autonomía' organizado por la Fundación para la Libertad y esa Universidad, el 5 de noviembre de 2007.
Mi agradecimiento más sincero, como no, para la Fundación Para la Libertad por haber organizado este acto y por haber tenido, a través de mi amigo Paco, la deferencia de invitarme para expresar aquí algunas ideas. Además, esta ocasión le permite a uno sentirse reconfortado, porque pocas cosas estimulan mas que estar cerca, colaborar en la medida que uno pueda con aquellas personas que en este país, tan dado últimamente a esconder la cabeza bajo el ala, luchan por la libertad, suya y nuestra, asumiendo y corriendo riesgos serios. Me sumo a la bienvenida a esta facultad a estos amigos provenientes del País Vasco que nos dan ejemplo a todos de dignidad y de caminar en democracia con la cabeza alta.
Bien, he cambiado el título, pero voy a decir lo mismo: ‘Metafísicas nacionales’ es una manera de aludir al modo como los discursos nacionalistas explican e integran todas esas ideas de pueblo, de territorio, de nación, de derechos colectivos, de derechos históricos, etc.
Creo que hay una cuestión que a todos nos sorprende, que es la impermeabilidad del discurso nacionalista a los datos, sean históricos o sociológicos. Con la Historia en la mano, el nacionalista dice “no, este Pueblo siempre estuvo aquí”, y uno se pregunta “¿dónde?, no lo vi”. Estaba cuando los romanos, estaba cuando los árabes, estaba cuando los visigodos… Bueno, pues ese Pueblo vivía sin vivir en sí, estaba sin que se constatara a través de la Historia fehacientemente su presencia. Eso indica que hablan con una noción de pueblo… no empírica, de población, sino un concepto metafísico de pueblo.
De la misma manera, si en lugar de a la Historia nos vamos al presente, y en lugar de al dato histórico nos vamos al dato sociológico, pues cuando se habla de esa ‘voluntad’ o de esos ‘derechos de pueblo-nación’, uno se pregunta “¿los derechos de quienes?”. Porque, ¿donde están esas unanimidades?, ¿donde está esa homogeneidad social de base? Y de nuevo es la metafísica la respuesta: cuando decimos ‘pueblo’ no decimos la suma de éste, aquél y del otro, cada uno proveniente de su padre o de su madre, proveniente de un lugar u otro, nacido de una u otra cultura; sino que decimos ‘Pueblo’ con mayúsculas, Pueblo metafísico, Pueblo adornado de esencias que esa población tendrá en mayor o menor medida, pero que se pretende que llegue a tener en medida plena.
Entonces, la pregunta es: ¿por qué somos tan reacios, tan esquivos, al tratamiento que la lógica moderna, o que la ciencia moderna apegada al dato puedan proporcionarnos de la Historia, o del dato histórico, o del dato social, o sociológico? La respuesta que trato de mantener -y que, por otro lado, no es nada original- es que el nacionalismo, en mayor o menor grado, según su radicalidad, vive instalado en una ontología de corte profundamente metafísico, y en un modo de pensar y en unas categorías profundamente antimodernas. Esto es lo que hoy pretendo retratar muy brevemente.
Este carácter metafísico, cuasi religioso y antimoderno de los nacionalismos hace más misterioso para el observador el apego que la izquierda les tiene a tales planteamientos. Esos planteamientos que huelen a rancio, a incienso, a sotana, que huelen a rito de tribu, a crueldad de los colectivos sobre los individuos. Algún día alguien escribirá la gran obra que, con la historia de la política, la sociología y la psicología social de la mano, pueda dar cuenta de cómo esta izquierda descarriada ha ido a caer en brazos de los que si tienen pensamiento, lo tienen ‘smithiano’, lo tienen conforme a la dialéctica ‘amigo o enemigo’, y utilizando categorías como la de ‘pueblo’ y ‘fürer’, que aunque se digan con otras expresiones, nos retrotraen a la reacción más temible… El lenguaje del nacionalismo, ése que se pretende progresista, es el lenguaje de los enemigos de la revolución francesa, no es el lenguaje de los que nos cosecharon los derechos humanos como derechos del individuo.
El nacionalismo es, por tanto, antimoderno porque aborrece la idea moderna de individuo como ser que tiene en su libertad personal y en el ejercicio de su autonomía la base de su dignidad; y que es titular único de su derecho posible, de todos los derechos posibles, comenzando por los derechos humanos. Aborrece esa idea del individuo autónomo, del que se busca la vida, aún al precio de romper con las raíces y las ataduras que haga falta, porque entiende que un mundo poblado por tales seres libres y cargados de derecho significaría la disolución de unas estructuras colectivas que expresan algo más que costumbres atávicas, que tradiciones, que folclores, que leyendas, incluso que normas consuetudinarias: expresa la identidad de un ‘Pueblo’ con mayúscula.
El nacionalismo -ayer lo comentábamos con algún amigo aquí presente- aplica a los pueblos y las culturas eso que se ha llamado ‘una perspectiva ecológica’, ‘una perspectiva naturalista’. De la misma manera que nos preocupa la desaparición de las especies -puesto que para el nacionalismo la cultura es una segunda naturaleza, la primera incluso-, pues preocupa también la desaparición de los pueblos marcados por unas identidades tan fuertes que -ahí viene el choque que suponen esas identidades, ese sentimiento colectivo- esa vinculación al colectivo supone una traba muy estricta, muy fuerte para que pueda regir con plenitud la libertad individual, o la libertad de elegir.
El nacionalismo está a medio camino entre la metafísica medieval y el sentimiento religioso, también medieval. Y usa esa metafísica a modo de tamiz para pasar el dato histórico y el dato sociológico, para hacer una interpretación siempre sesgada y siempre maniquea de cualesquiera hechos, insisto, sociológicos o históricos. En esto recuerda mucho -con todos mis respetos para los creyentes de cualquier religión- a los planteamientos del catolicismo o del cristianismo, porque todo lo bueno que pase es gracias a Dios; pero lo malo que pase nunca es por culpa de Dios, siempre es por algo que hemos hecho mal. Dios tiene ahí el privilegio considerable de estar, por definición, exento de culpa. Pues bien, lo que la Historia desdiga de la vida, la identidad y la permanencia secular y milenaria de ese Pueblo y del modo en que los pobladores de ese Pueblo estén poseídos del espíritu de liberación del mismo, se interpreta como obstáculo que el Pueblo ha tenido que superar. “No, no estábamos allí porque no nos dejaron; no, no actuamos con conciencia propiamente liberadora de lo nuestro cuando las brigadas navarras -ya que Navarra es Euskadi- contribuyeron decisivamente a tomar mi tierra asturiana para el franquismo”. Pues bueno, estaban alienadas… Pero en realidad, esa alienación significa un mayor obstáculo que tiene que superar este Pueblo para llegar a ser él.
De la misma manera, el dato sociológico: que en las urnas el nacionalismo es minoritario no contradice la existencia de un Pueblo, su derecho a plasmar plenamente su identidad como autogobierno, sino que indica que el enemigo está dentro, y que ese pueblo tiene que luchar fortísimamente para superar todo tipo de contaminaciones que en el fondo quieren hacer que deje de vivir. Hay un maniqueísmo de fondo metafísico, que hace, repito, muy difícil un diálogo que se pretenda mínimamente científico, apoyado en el hecho, en el dato, y no en la pura cábala, la especulación o la leyenda. E incluso hace muy difícil razonar con respeto a la lógica, esa lógica moderna del principio de la contradicción y del tercero excluido. ¿Por qué? Porque estamos en una dinámica mental de corte teológico, que no tiene empacho en imitar precisamente a la escatología religiosa, hablando de evanescencia de espíritu del Pueblo, con la misma tranquilidad que en otro ámbito se habla de un Ser que es Uno y Trino, pongamos por caso. No importa, no se aplica tampoco el principio de identidad, de que es A o es B; aquí todo puede ser al mismo tiempo.
Bien, entonces la Historia. Quiero repasar muy rápidamente tres o cuatro elementos de esa metafísica nacionalista. En primer lugar, el manejo que hace de la Historia, porque su Historia la escribe siempre con mayúscula. En segundo lugar, la vinculación que establece con el territorio, que también es una vinculación metafísica. En tercer lugar, la idea de los derechos colectivos como derechos del Pueblo, con mayúscula, y en particular esa curiosa entelequia de los ‘derechos históricos’. Todo ello desde la mitificación de la idea de ‘Pueblo’, que es el verdadero sujeto histórico, es el verdadero titular de los ‘derechos históricos’, de Pueblo como algo distinto de la población empírica.
Cuando habla de estados, el razonamiento político nacionalista no es meramente utilitarista. ¿Qué quiero decir? Que nosotros podemos preguntarnos “bueno, ¿por qué mantener este ‘estado-nación’ que llamamos España? Podemos responder de dos maneras. Podemos responder al modo nacionalista…, porque también hay nacionalismo español, incluso del malo. Éste que les habla se crió bajo Franco y recibió Formación del Espíritu Nacional, y es capaz de comprender qué es enseñar hoy en las escuelas de Euskadi y de otros lugares. Podemos responder con planteamiento nacionalista, es decir: “¿por qué queremos mantener este estado y mantenernos en él?”. Porque es la expresión, la forma política y jurídica de una nación que antecede, que es previa y que a través del estado tiene que autogobernarse y autodefenderse. O podemos hacer eso que llamo un ‘razonamiento de conveniencia o utilitarista’: “porque nos conviene”. Y nos conviene, ¿por qué? Porque este estado está regido por una Constitución que ampara nuestras libertades, tal vez porque es mejor para nuestras posibilidades de realización individual vivir en un estado más fuerte económica, social o culturalmente, que en uno más débil por más pequeño, etc.
Es decir, se puede defender la necesidad de España sin ser nacionalista; lo que para el nacionalista periférico es imposible, porque el nacionalista sostiene esta curiosa coincidencia. El creyente muy dogmático en materia religiosa sostiene que los ateos son imposibles, y siempre dice: “anda, pero tú en realidad crees en algo, ¿no?”. El nacionalista no admite tampoco este razonamiento utilitario para defender un estado; dice: “ya, pero tú en realidad has dicho España y eso significa que eres nacionalista español”. Pues vale. En cualquier caso no lo seré como tú, o con ese grado de fe; o en cualquier caso no estoy dispuesto ni a oprimir a nadie, ni a matar a nadie por esa entelequia, la entelequia de España, la entelequia que tú profeses.
Decía que el nacionalista es alérgico al individualismo moderno; y lo es porque hace un manejo absolutamente paradójico de la diferencia, del concepto de diferencia. Ad extra, hacia fuera, lo que justifica la política nacionalista es nuestro derecho a ser diferentes; luego la diferencia es algo muy positivo, se supone, frente a esa homogeneización que se teme de un mundo cosmopolita con pocas fronteras y crecientemente uniformado, al menos en el respeto a los derechos humanos básicos, como el derecho a las libertades. La diferencia se exalta hacia el exterior, pero hacia el interior tiene que convertirse en uniformidad, hay que suprimir la diferencia. De la misma manera que uno escucha a los filósofos políticos simpatizantes con el nacionalismo exaltar el multiculturalismo: el multiculturalismo es la salvación para el mundo, es la solución para estados como el español. En Galicia, Euskadi, Cataluña, ¿qué pasa con el multiculturalismo?: aquí tiene que convertirse en uniformidad. Entonces, ¿por qué esa diferencia de patrón? Lo que solamente se entiende en el momento en que nos damos cuenta hasta qué punto la filosofía nacionalista prescinde del sujeto individual, como titular de las razones o de los derechos, y pone en su lugar esos sujetos colectivos, llámese pueblos o naciones. Ésos sí se supone que tienen que ser diferentes y convivir en su diferencia, cada uno en su casa, cada uno en su estado. Y Dios en el de todos, ¿no?
Por tanto, ¿cómo se va a manejar la Historia? La historia se va a manejar como ese mítico lugar temporal donde el pueblo nace, donde el pueblo aparece por generación espontánea o por designio cuasi divino. Y hay una lógica, hay un razonamiento muy peculiar, en mi opinión, en el razonamiento filosófico ‘nacionalista’. Porque es que cuando nos preguntamos por qué el pueblo, la nación que hoy se postula, tiene derecho a ser, la respuesta es “porque fue”. Y ahí está la Historia como recurso, manejada ‘contrafácticamente’. Cuando uno dice “bueno, ya que fue y es; y eso, ¿a qué nos compromete para el futuro?”. La respuesta es “ya que es y porque fue, tiene derecho a seguir siendo”. Porque no se puede cortar, no estamos legitimados para cortar el designio de la Historia. La Historia crea pueblos, alimenta naciones, y no hay que cercenar ese supremo impulso natural del proceso histórico. Aquí opera una selectividad muy curiosa: puestos a decir que todo grupo que fue por algún derecho o por algún poder tiene derecho a seguir siendo y a ser en el futuro, eso lo podemos aplicar a muchas cosas: lo podemos aplicar a la aristocracia, al Imperio Romano, al Sacro Imperio Romano-Germánico; eso lo podemos aplicar a España como nación, esta vez sí, fuerte; ya que fue, tiene derecho a seguir siendo… Todo esto acaba en un conflicto de ‘derechos históricos’: si la Historia legitima a todo grupo que alguna vez tuvo dominio y poderío, está legitimando la guerra permanente, la guerra permanente de los grupos.
Pero no, porque hay un providencialismo de fondo, se exprese o no. No todo lo que fue tenía derecho a ser y menos aún tiene derecho a perpetuarse; porque, conforme al orden debido de la creación, al orden debido de la Historia, hay cosas que nacieron para ser y mantenerse, y hay cosas que nacieron para obstaculizar a esas que nacían para ser y mantenerse. ¿Cuál es lo uno y cuál es lo otro? Eso lo dice el político y el filósofo nacionalista sobre la base de un conocimiento del pueblo y de la Historia que no es un conocimiento científico, que es un conocimiento empático. La nación está en mí, no porque la vea o la haya averiguado en su existencia empírica o en su existencia histórica; la nación está en mí porque la siento, porque me posee. Otra vez, entonces, hay un Espíritu Santo, que esta vez es el espíritu del Pueblo que se posa sobre ciertos grupos, y les imprime su carácter y los convierte en iglesia de alguna manera y para siempre. De modo que se puede, desde esos grupos, aplicar el viejo principio de la Iglesia: no hay salvación fuera de la Iglesia. Por eso el individualismo moderno es pecado. Esto lo decían los papas hasta hace un siglo, aproximadamente; ahora lo dicen en la política los nacionalistas y lo dicen en la filosofía política los comunitaristas, que les dan sustento teórico.
Entonces, no se puede pensar esa filosofía nacionalista sin esa amalgama metafísica de Historia y de Pueblo; Historia y Pueblo se guardan las espaldas mutuamente dentro de esa construcción, el nacionalismo usa la noción de Pueblo para sortear los vericuetos y contingencias de la Historia. Es decir, que frente a esos argumentos nuestros, como decir “bueno, ¿cuánto de pueblo vasco tenían esos que iban a conquistar terreno de América para la Corona de España?, ¿cuántos gudaris había luchando a favor de Franco?, etc.; frente a eso, la idea es que pese a devaneos ocasionales de parte de la población, el Pueblo siempre estuvo allí porque nació de la Historia, y tiene su destino histórico y es sujeto histórico.
Al mismo tiempo y desde otro punto de vista, se utiliza la noción de Historia para lograr que la heterogeneidad de la población se unifique en esa síntesis común del Pueblo: los vascos, los catalanes, los gallegos, los asturianos -yo soy asturiano-, ¿qué tenemos en común? Al final, un dato administrativo, el censo, porque unos quieran hablar una lengua, otros no; unos llevamos un apellido de aquí, otros llevamos un apellido de fuera… Naturalmente, mientras políticas de exclusión no puedan hacerse explícitas, no sean políticamente correctas y presentables. Hay que decir que vascos son todos los que vivan en el país vasco, catalanes son todos los que vivan en el país catalán, asturianos son todos los que viven en el país Asturias. Pero bueno, y en esa diversidad, esa heterogeneidad radical de los que allí están, ¿donde está el nexo aglutinador? El nexo aglutinador está en la Historia. Ahí es donde la Historia refuerza la idea de Pueblo. ¿Por qué? Porque los que están, están aquí y éste es el sitio del Pueblo que a través de la Historia se ha manifestado… Entonces, los que están aquí aunque no sean de aquí, están llamados a ser de aquí o a irse; porque al fin y al cabo, el aquí es un aquí de este Pueblo, y el fundamento es un fundamento histórico: no es porque nosotros lo digamos, es porque la Historia lo ratifica. ¿Cual historia?... Volvemos otra vez al círculo: la Historia de este Pueblo.
Decía que esa filosofía rancia nacionalista tiene un fuerte que es traducible a filosofía medieval, en la más pura exactitud de la expresión, porque en realidad está utilizando, lo diga o no, las divisiones, las categorías, compartimentaciones de la filosofía medieval. Mencionaré dos: la diferencia entre potencia y acto y la diferencia entre esencia y existencia. Frente a ese argumento, ¿dónde está el pueblo?, si aquí cada uno es más raro que el otro. La objeción mejor formulada es la siguiente: aquí ni están todos los que son, ni son todos los que están.
En un artículo de Gregorio Salvador escrito en el ABC, este sabio decía aquello de que “Bueno, de vascos está el mundo lleno: Fraga Iribarne, Rodríguez Ibarra, Esperanza Aguirre...”. ¿Esos son pueblo vasco o no son pueblo vasco? Gallegos: Fidel Castro… ¿Este Castro es parte de la nación gallega o no lo es?, ¿está desplazado, está fuera de sitio?... No están todos los que son y no son todos los que están, porque por ahí está todo lleno de Gómez, García, González o Vázquez. Bueno, ¿esto cómo se supera? El esquema es existencia y esencia, es decir: hay un ser que como tal existe y tiene su personalidad y sus derechos, que tiene, digamos, un problema psicológico. Es decir, no vive conforme a su propio ser, tiene impedido el ejercicio de su libre desarrollo de la personalidad. ¿Por qué? Porque hay partes de su organismo que no se corresponden, que son transplantadas y que puede producirse rechazo o que quizás tumoran. ¿Qué hay que hacer? Hay que poner en correspondencia la existencia con la esencia, hay que hacer que este pueblo que hoy se duele de esta heterogeneidad que supone un cuestionamiento de su identidad, quiera ser él en plenitud y exactamente su esencia se manifieste sin distorsión. ¿Cuándo? Cuando todos los que están aquí sean iguales entre sí y perfectamente diferentes y diferenciados de los que estén fuera. Será el momento en que ese pueblo pueda manifestar una voluntad coherente y cuasi unánime -es el sueño de las unanimidades enfáticas-, que será una voluntad suya, del pueblo.
Y entre tanto, ¿qué hacemos?, ¿cómo se expresa el pueblo? ¿Cómo supera el nacionalista esa contradicción de decir que hay una nación que tiene voluntad y derechos, pero puede haber una mayoría de la población que se pasa por el arco del triunfo esa voluntad del pueblo y que quiere otra cosa. No queda más que la empatía: el pueblo habla a través de sus mejores representantes, pero entendiendo que representante no es el elegido en las urnas, que ese es un proceso individualista que no lleva a nada, sino que el pueblo habla a través de aquellos cuya sensibilidad es más receptiva al sentirse parte de, es una empatía. Por eso, la voluntad del Pueblo no puede ser la voluntad del pueblo empírico, tiene que ser la voluntad del pueblo metafísico. De ahí que las llamadas a autodeterminarse como Pueblo o como nación, a autogobernarse en cierto territorio, son en el fondo perfectamente esquivas, indiferentes a los resultados de un posible referéndum de autodeterminación, por ejemplo. Si en éste sale ‘no’, convocamos otro, no pasa nada.
¿Por qué?, porque al final el que tiene que acabar autodeterminándose no es este o aquel señor que vota; el que tiene que acabar autodeterminándose es el Pueblo y eso se hace con la avenencia de su población o contra ella, porque el todo es superior a las partes… Esta idea no es que sea medieval, que también; esta idea de que el pueblo habla a través de los mejores de los suyos y los llamados a regir a un pueblo son los que más dentro sientan su esencia, es la que convierte a los dirigentes políticos, no en representantes salidos de las urnas -representantes, por tanto, de una voluntad problemática, esquiva y cambiante del pueblo con minúscula-, es la que los convierte en ‘fürer’, en caudillo, en ‘conducato’, en ‘duce’, es decir, en guía, en conductor; el que siente el pueblo dentro de sí es el llamado; el que está imbuido del pueblo es el llamado a gobernar ese pueblo.
Pero ese pueblo necesita además un territorio. ¿Por qué? Pensemos lo siguiente: aceptemos, por qué no -según el alcance más o menos metafísico que le demos, no hay nada de extraño en eso-, que un determinado grupo humano puede tener ciertos rasgos comunes, culturales por ejemplo, que permitan identificarlo frente a otros grupos. Yo soy de un pueblo asturiano, de una simple aldea, campo puro de labranza, y desde luego los de mi pueblo tenemos algunas manías y algunos ritos, el día de la fiesta, distintos a los del pueblo de al lado. Es más, esa diferencia a veces se manifestaba en pedradas el día de la romería. Bueno, ¿manifestamos nuestro afán por autodeterminarnos como pueblo? No lo sé, pero en cualquier caso podríamos pedir a los de mi pueblo que en la medida que suprimamos las pedradas, los poderes públicos respeten nuestro derecho a hacer la romería a cantar aquella canción que solemos cantar, etc., etc. Es decir, el derecho de cada uno de ir a la fiesta de su pueblo o el derecho a quedarse en casa o irse a la fiesta flamenca en un cortijo andaluz.
Bien, no hay problema en reclamar autonomía cultural para grupos que sientan que la tienen y que lo que quieren en el fondo es que se respete la capacidad de cada uno de elegir: “mire, yo quiero hablar esta lengua o quiero hablar la otra, quiero hablar como los de mi pueblo o quiero hablar como los de Madrid, o quiero cambiar según que esté con mi primo o esté con un catedrático de derecho administrativo”... Por tanto, la diversidad cultural y su protección pueden estar al servicio de una mayor libertad de cada individuo; es decir, ampliar las posibilidades de escoger. Yo rotulo mi comercio de Barcelona en catalán, en castellano, en inglés o en suahili, ¿y qué? Estoy ejerciendo mi libertad y parte de ella es que no esté prohibido rotularlo en catalán o en castellano.
Bien, pero con el planteamiento nacionalista más duro, la cultura no es un ‘paisaje’ que amplíe las posibilidades de cada individuo de entrar o salir, de elegir estar aquí o allá, ser así o de otra manera, sino que la cultura es la expresión de un pueblo que tiene que poner en consonancia su existencia con su esencia, como decíamos antes. Y para ello necesita ejercer un poder con sus ciudadanos, que pasan a tener mucho de súbditos, en cuanto que son células de un organismo, y para eso hace falta un territorio y un dominio político sobre un territorio. Y la pregunta es siempre la misma: ¿qué es lo que convierte un territorio X en el territorio de ese pueblo?, ¿por qué precisamente ese territorio? Pues porque es el territorio de la Historia y de la cultura, las fronteras naturales no dejan de ser un artificio aunque sean ríos y montañas: ¿por qué este río y no aquel otro? En cambio, en cuanto que la cultura es una potente naturaleza, las fronteras culturales son las auténticas fronteras, porque se justifican históricamente, esto es, metafísicamente. Llegamos así a donde ya se integran Historia, Pueblo y territorio… Vamos metiendo más elementos.
Porque, en mi opinión, la reivindicación del derecho del pueblo a autodeterminarse tiene fuertes componentes paradójicos, al menos a primera vista. ¿Por qué? Porque yo, Pueblo, reclamo ahora mi derecho a autodeterminarme porque soy Pueblo, pero para llegar a ser Pueblo en realidad. Es decir, en nombre de una identidad colectiva que se pretende homogénea, yo reclamo la autodeterminación de ese Pueblo ahora donde esa homogeneidad no existe. Pero la reclamo bajo palabra de que cuando tenga el poder sobre el territorio y consiga mediante políticas de forzamiento que ese Pueblo sea homogéneo, voy a ratificar a toro pasado la pertinencia del derecho que reclamo ahora… Es una reclamación bajo promesa de que este Pueblo, si se le da el poder, llegará a ser plenamente él mismo, por tanto homogéneo y unitario, en potencia y acto; ahora lo es sin potencia, pero si les dan los derechos lo será en acto, bajo promesa de que retroactivamente se fundamentará y tendrá justificación haber dado autodeterminación e independencia a este grupo dentro de este territorio.
¿Significa esto que la lógica no está presente? Significa, yo creo, que el razonamiento nacionalista es enigmático muchas veces, que siempre hay una premisa oculta, siempre está lo que se silencia, lo que no se dice. Entonces, dentro de este juego, en el trasfondo de la mentalidad y la metafísica nacionalista, está muy presente esa idea de que Pueblo lo seremos todos, pero unos más que otros; los que realmente tienen en su integridad la condición de miembros de este Pueblo son los que realmente tienen las características A, B y C, ésos son los llamados a regir ese Pueblo, porque por su boca ese Pueblo habla. Los otros son miembros de ese Pueblo por aproximación, o no lo son nada. Entonces hay que discriminar, pero la discriminación se convierte en algo natural una vez que se asume esa premisa implícita, y los que son más Pueblo porque están más imbuidos de sus caracteres, están llamados por el Pueblo a forzar a los otros a integrarse y a serlo plenamente. Y ahí, de pronto, no sería raro que aparezca la idea de derechos colectivos.
Hay una idea de derechos colectivos que subyace al pensamiento nacionalista y a la filosofía política comunitarista, que es la que los ve como aquellos derechos cuya titularidad pertenece a un ser suprapersonal, es decir, a un ser que no es el mero agregado o la suma de individuos particulares, sino que es un organismo independiente de ellos y que tiene a los individuos particulares como compuestos, como parte de sí. Este dedo y éste y éste y esta oreja son partes de mi cuerpo; algunas son parte esencial, como el corazón. Ahora bien, mi cuerpo es algo más, o mi persona es algo más que la suma de los dedos, las uñas, los juanetes y el corazón... Bien, pues la misma idea opera en esa definición colectivista de los derechos colectivos: son derechos de un ser suprapersonal, son derechos que trascienden a la voluntad y los intereses de los individuos particulares. He dicho voluntad e intereses… En la teoría del Derecho que he conocido, hay un enfrentamiento que viene desde hace siglos entre dos concepciones de los derechos subjetivos: la teoría de la voluntad y la teoría del interés. Cuando se dice que yo tengo derecho a algo, ¿qué se quiere decir? Según la teoría de la voluntad, quiere decir que hay un ámbito, una esfera en la cual mi voluntad es soberana, donde yo hago lo que quiero, rige mi voluntad y ahí no caben interferencias; que nadie venga a decirme lo que tengo que hacer, nadie va a decirme con quién tengo que casarme o dónde tengo que vivir.
La teoría del interés dice que cuando yo digo que tengo derecho a algo, significa que hay un interés personal mío, una esfera de interés mía que es protegida, de modo que ahí rige mi interés personal, el que sea, y no el interés de otro, no el interés ajeno.
En cualquier caso, para el planteamiento individual liberalista, hablemos de voluntad o de interés, lo que prima absolutamente es la idea de la autonomía personal. ¿Por qué yo debo tener derechos, por qué ese señorío de mi interés o mi voluntad? Para que yo pueda hacer lo que quiera, para que yo pueda realizarme como individuo libre. Desde este punto de vista liberal individualista, el problema es el siguiente: si tan soberano es cada uno, ¿como conciliamos la convivencia entre esas soberanías?, ¿cómo conciliamos la convivencia entre libertades?... Bueno, ahí aparece enseguida Kant diciendo “yo, yo”. Y aparecen las teorías del contrato social, las teorías del pacto social, las teorías del acuerdo. Pongámonos de acuerdo, por la cuenta que nos tiene a cada uno, para salir del estado de naturaleza, estado en el cual yo seré titular de un derecho, derecho a la vida, derecho a la libertad, pero no hay traba para que otro realice su derecho a la libertad suya matándome si se le antoja. Entonces, problema: ¿cómo justificamos las normas colectivas?, ¿cómo justificamos que, siendo todos tan libres y titulares de esa voluntad o ese interés personal que hay que respetar, la común sumisión a un estado que nos impone normas, y con ello cortapisas a esa libertad? Respuesta liberal individualista: por lo que nos conviene a cada uno, porque es la manera de conseguir que todos seamos iguales en libertad, maximizado por arriba pero hasta el punto en que la libertad sea posible. Problema: ¿y el Estado, esa cosa compuesta de legisladores, policías, jueces y carceleros, como enemiga, parece, de la libertad y que utiliza la coacción?, ¿como se justifica? Respuesta: por nuestra propia conveniencia; es decir, es bueno y tenemos que asumirlo y estamos hasta obligados moralmente a obedecer sus normas en cuánto que están al servicio de nuestra libertad.
Bien, planteamiento colectivista próximo al nacionalismo: ni libertad, ni autonomía personal, ni nada. Hay dos tipos de derechos: los derechos de los individuos, que cada uno se case con quien quiera o viva donde le de la gana, en su caso; y los derechos de esos seres suprapersonales, por ejemplo, del Pueblo con mayúscula, el derecho a su identidad cultural, a mantener su cultura, y el derecho, sobre todo, a autodeterminarse. ¿Cuál es el problema? El problema aquí es cómo se concilian los derechos individuales con los derechos de ese ser colectivo; y el razonamiento es exactamente el inverso: ¿por qué ese ser colectivo que es superior a los individuos que lo integran, por qué toleran las libertades? Recordemos el nazismo, la obsesión que tuvieron los filósofos, los técnicos del Derecho del nazismo, para eliminar en los libros de Derecho escritos en Alemania la idea de derecho subjetivo como idea liberal, individualista, disolvente y judaica. No hay derechos subjetivos, no hay derechos que sean de titularidad incuestionable de los individuos, porque todo derecho proviene del Estado y es suyo, y lo da a quien quiere y en cuanto le convenga; el Estado es todo, el pueblo es todo, tu no eres nada salvo lo que sirvas al pueblo. Así que se invierte el razonamiento y el problema es cómo se compatibilizan los derechos de los que es titular cada individuo y los derechos de los que es titular el ente colectivo.
Respuesta. Uno: ese ser superior del Pueblo, con mayúscula, tolera sólo los derechos de libertad que le convengan, que no contravengan su derecho a esa existencia colectiva, a su identidad colectiva y que no vayan en contra de ese su derecho a autodeterminarse; y en segundo lugar, la libertad individual es buena y es válida en la medida en que beneficia el progreso, el desarrollo, la eclosión, la plenitud de ese ser colectivo, de ese Pueblo, de esa nación. En la medida en que sea contraproducente, no. ¿Derecho a que cada uno enseñe a sus hijos, mande a sus hijos a la escuela que quiera donde se hable la lengua que quiera o se enseñe la lengua que le de la gana?, ¿conviene o no conviene? No conviene, lo suprimimos. Oiga, que quitamos márgenes de libertad individual. Bueno, ¿y qué?; la ganamos en libertad colectiva, es decir, en libertad de ese ser colectivo. Y en el fondo, siempre con un planteamiento paternalista, pero un paternalismo ‘sui géneris’, el paternalismo del “te pego porque te quiero”; pero esta vez consistente en garantizar al ciudadano que se quiere súbdito o célula que va a ser mucho más feliz así y allí. La felicidad está en la fusión identitaria: ‘el que no se funde, se confunde’, podría ser el lema. Fuera del grupo eres un tipo desarraigado, eres un nómada perdido, eres una víctima de la globalización, diríamos hoy… Tu felicidad va a estar en salir de tu casa y ver a todos con una boina como la tuya, hablando con el mismo acento con que hablas tú y tomando los vinos de la misma marca y en el mismo tipo de vaso que los tomas tú. Eso es la felicidad, eso es el relax. Es un nuevo pacto social; Es un ‘hobbesianismo’ pero ya exento de individualismo: tú me entregas tu libertad y a cambio yo prometo darte seguridad, dártela sólo si te sometes, pero sí, darte felicidad, la felicidad de saberte parte de un todo de iguales sin esa angustia de tener que buscarte la vida diferenciándote.
Y entonces, los ‘derechos históricos’, ¿qué? Pues ya llegados a este punto creo que no tiene absolutamente nada de particular decir que son la expresión perfecta, la quintaesencia de esa amalgama, de ese ayuntamiento que se hace de Historia y de metafísica del Pueblo. Los ‘derechos históricos’ son derechos de ese ser supremo, ese ser suprapersonal llamado Pueblo, que nace de la Historia, igual que nace de la Historia el pueblo mismo. Igual que nosotros, por el planteamiento, digamos, naturalista, racionalista, individualista, nacemos ya cargados de esos derechos humanos, el derecho a la vida, etc. La Historia es partera de pueblos -esto se decía también en la época de Franco-, y esos pueblos también nacen con sus derechos, con su derecho a ser, con su derecho a existir, con su derecho al libre desarrollo de la personalidad, con su derecho a crecer… Por tanto, esos derechos con que el pueblo nace de la historia son ‘derechos históricos’.
Así, uno piensa que tiene razón Bin Laden cuando, basándose en los 800 años de presencia en la península ibérica, dice: “Eso es nuestro”; es una pura invocación de ‘derechos históricos’. Oiga, y aquellos grupos sociales que fueron expropiados, por la Desamortización, ¿qué? Vienen ahora y dicen “para ‘derecho histórico’, el nuestro: en realidad llevábamos cinco siglos en el cortijo y vino un molesto Mendizábal y dijo que no”; bueno, pues recuperemos aquello que fue. ¿Y los privilegios temporales de la Iglesia? ¿Porque no viene ahora el Papa a decir “A mí que me devuelvan todos mis territorios y aquellos poderes mundanos que tuve y además con tanta afición ejercí”. ¡Rescatemos el Sacro Imperio Romano-Germánico!, que además era el sagrado imperio de la nación alemana, con su nombre en alemán y en latín. Pues también es una idea para el nacionalismo alemán: “oiga, nosotros tenemos un ‘derecho histórico’ sobre toda Centro-Europa”… Podíamos seguir así hasta el infinito buscando ejemplos.
Más atrás iba a decir que, aplicado a los individuos, el nacionalista diría aquello de que “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”; pero aplicado a la nación, y ahí viene la diferencia, sería “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es quedar”… ¿Por qué? Los individuos pasan a ser perfectamente fungibles, otros grupos también pasan a ser fungibles, la Nación Española, la Cristiandad, el Islam... Pero el Pueblo no es contingente históricamente, no es fungible, porque nació para ser él, nació para ser él, o bien en el origen de los tiempos... Cuando el mito de los orígenes perdidos en la niebla originaria no funciona, hay la salida dialéctica, la salida de la síntesis: nosotros somos la síntesis de muchos pueblos que nos han hecho así; yo soy rebelde porque esa síntesis me ha hecho así, y por tanto tengo ese derecho de seguir siendo así por los siglos de los siglos. Estos ‘derechos históricos’ se asemejan enormemente a los derechos naturales del viejo ‘ius naturalismo’ porque no se derogan por ley, no padecen el desuso y no hace falta tampoco que nadie los haya legislado: los parió la historia y punto. Pero derechos naturales, ¿de cuales? No son los derechos naturales del ‘ius naturalismo’ racionalista, individualista, que decía que hay unos derechos grabados en la naturaleza, pero en cada naturaleza de cada individuo, y por tanto la titularidad es de cada individuo particular. Ya he dicho antes que el problema pasa a ser cómo justificamos las sumisiones grupales. No, es el ‘ius naturalismo’ medieval, que entendía que sí existe la ley eterna con su reflejo en la ley natural que engendra derechos naturales, y una ley positiva que es la ley humana legislada. Pero esos derechos naturales no se insertan, digamos, como derechos individuales, sino que hay que añadir algo más: hay un orden de la creación conforme al cual cada uno tiene que estar donde le corresponde; el nacido de señor nace para señor y ejerce señorío; el nacido del rey nace para reinar, y el nacido de la plebe nace para plebeyo, para vasallo. Hay un orden de la creación. Bien, pues con el ‘paraiusnaturalismo’ nacionalista hay un orden de la creación donde en lugar de estamentos, colocamos pueblos y entonces esos pueblos tienen un derecho natural a seguir siendo como son y a perpetuarse.
Y acabo por donde comencé, con la referencia a la historia. Bien, si todo lo ponemos en la Historia, si esa metafísica bebe de la Historia y la Historia parece que desmiente tantas cosas cuya existencia se afirma, ¿cual es el problema? Aquí aplica el nacionalismo un relativismo histórico para el cual se sirve muy bien de filosofía contemporánea de corte postmoderno, de corte hermenéutico…: es que no existe la Historia, cada pueblo tiene su Historia y cada pueblo escribe su Historia. No existe la Historia imparcial; cada vez que un historiador español no nacionalista, de acá o de allá dice “No, mire, en Roncesvalles no defendían la nación catalana, sino que estaban luchando por la cristiandad contra el Islam”, o cualquier otra cosa, el nacionalismo dice “Claro, eso es lo que dice un historiador que ejerce una Historia que, por definición, nunca puede ser independiente y objetiva; es un historiador español, y se dará cuenta o no, pero por él no habla la Historia, sino que habla la Historia de España, es decir, la Historia que España se construye para sí misma. Por tanto estamos legitimados para construir nosotros también historia. Porque, al fin y al cabo, de la misma manera que no son los pobladores los que se autodeterminan, sino que es el Pueblo con mayúscula, la Historia es la Historia del Pueblo, no la de éste o aquel otro, y la Historia la escribe el Pueblo. ¿A través de quienes? A través de esos historiadores que son portavoces de su Pueblo porque escriben en él, desde él y para él”. Y con eso se cierra ese círculo de la impenetrabilidad absoluta; porque todo discurso teológico metafísico reacio a considerar en serio el dato empírico o a respetar las reglas más elementales de la lógica, es un discurso impenetrable, un discurso sectario, un discurso religioso y un discurso de dominación. ¿Cómo se puede responder? Pues haciendo el discurso contrario, y a ver quién gana.
Fundación para la Libertad, 17/12/2007
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