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Entre el lobo y las ovejas
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Tal vez la Iglesia guipuzcoana añore el antiguo régimen y pretenda que los párrocos ejerzan asambleariamente la prerrogativa de Franco a proponer la terna. Luego el Papa tiene derecho a elegir el obispo, a condición de que éste sea, naturalmente, nacionalista.
El 8 de mayo de 2000, durante los funerales que se celebraron por José Luis López de Lacalle en Andoain, el obispo Uriarte aprovechó el viaje para pedir a las autoridades magnanimidad con los presos etarras: «que realicen gestos de acercamiento y adopten medidas de distensión que alivien en los privados de libertad sufrimientos personales, familiares y sociales innecesarios». También tuvo palabras contra el asesinato, que calificó de «terriblemente injusto e inhumano», nadie debe creer que el pastor no era ecuánime. El propio Uriarte declaraba ayer que le «ha dolido mucho escuchar que está más cerca de los verdugos que de las víctimas».
Tiene razón. Eso pasaba en los tiempos, ya superados, de Setién, que sorprendió a María San Gil y Mª José Usandizaga con la pregunta: «¿Dónde está escrito que un padre deba querer por igual a todos sus hijos?». Pasar de la paternidad asimétrica de Setién a un pastor que apacienta por igual a sus ovejas y a sus lobos es un avance y cuenta con precedentes admirables. San Francisco de Asís amansó al lobo de Gubbio, diciéndole: ven, hermano lobo, dame la patita, inspiró un poema a Rubén Darío (Los motivos del lobo) y una hermosa película a Roberto Rossellini (Francisco, juglar de Dios), amén de convertirse en cabecera de la primera publicación relativista del bajofranquismo: Hermano Lobo. Revista de humor dentro de lo que cabe.
¿Qué de raro hay que también haya inspirado a un obispo vasco un plan de paz? El lobo de Gubbio, ya definitivamente manso, vagaba por las calles del pueblo y los vecinos le echaban de comer, hasta que murió de viejo dos años más tarde, hermosa metáfora de la reinserción. Para evitar que los ex terroristas vaguen por los pueblos, ya se les encontrará un acomodo y un pasar en el acogedor y amplio sector público vasco.
El obispo saliente se ha preocupado por el rechazo de un porcentaje muy mayoritario de los párrocos guipuzcoanos a su sucesor, guipuzcoano y euskaldún, como ellos: «la comunión está herida y necesita sanación», ha dicho. La comunión es la nacionalista, se entiende, y rechaza a un obispo de su cosecha, reprochándole que es de la cuerda política de Rouco. En cambio, acogieron sin problemas al propio Uriarte, que es vizcaíno de Frúniz, porque sí es uno de los suyos. «Haga como yo, amigo mío», recomendaba Franco a un allegado. «No se meta en política».
Considera el saliente que es legítimo el deseo de sus párrocos de participar en la designación del obispo, aunque el nombramiento lo debe hacer «el Papa, naturalmente».
La Iglesia, que se sepa, no es una organización democrática, ni tiene carácter asambleario. La autoridad y la revelación, que son las claves orgánica y doctrinal de su funcionamiento, no son compatibles con la hegemonía de las bases. Tal vez la Iglesia guipuzcoana añore el antiguo régimen y pretenda que los párrocos ejerzan asambleariamente la prerrogativa de Franco a proponer la terna. Luego el Papa tiene derecho a elegir el obispo, a condición de que éste sea, naturalmente, nacionalista. Henry Ford inventó el sistema para garantizar que sus clientes escogieran sus automóviles Ford-T del color que quisieran, a condición de que fuera negro. Naturalmente.
Santiago González, EL MUNDO, 21/12/2009
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