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Ermua, el nombre en vano


Este texto se adelantó unas semanas a la avalancha de descalificaciones que lanzó el nacionalismo contra Basta Ya tras el asesinato de Pagaza. Aunque se refiere al Foro de Ermua, los argumentos son los mismos


Entre las muchas formas de apropiación indebida ­sutil definición jurídica del hurto­ quizás la peor sea el arramplar el nombre de un pueblo, un acontecimiento resonante, una idea superior o un sueño colectivo y utilizarlos como un bien personal o sectario malversando el valor y significado de lo que es pertenencia general, lo más sagrado. Ya se sabe que robar el nombre de alguien equivale a quedarse con su alma, porque todas las realidades físicas o virtuales confirman su existencia en palabras. Este tipo de saqueo se produce con más frecuencia en las sociedades más primarias y en los grupos donde está ausente la crítica y se carece de un defensivo escepticismo, allí donde reina la simplicidad y la gente renuncia a participar en las decisiones que le afectan. Piratear los valores comunes y hacer de ellos bandera exclusiva es una de las peores amenazas contra la verdad, el pluralismo y, por lo dicho, contra la propiedad pública, entendida ésta en el más amplio sentido. No es nada nuevo, es verdad, porque desde hace siglos a Dios, la libertad, la paz, la patria, la justicia y otros conceptos supremos los han convertido en emblemas particulares quienes menos creen en el patrimonio moral y más se afanan en el recorte de su entendimiento. Hablar en nombre de todos es el atraco favorito de los tiranos y aspirantes.

Estas cosas también suceden en Euskadi metidos como estamos entre dos intolerancias que forcejean: un nacionalismo violento y un patriotismo español de viejas raíces que nos hacen pagar a todos su intransigencia al negar la oportunidad al diálogo y el acuerdo, unos con armas y otros con políticas mezquinas. Viene de lejos esta rapiña, pero fue en 1997 cuando se produjo una de las más repugnantes. Un pueblo, Ermua, fue enteramente robado por uno de estos bandos y transformado en icono de la división social, en referencia agresiva de unos contra otros, en marca de trinchera. El hurto partió de la falsificación de unos acontecimientos verdaderos ­el hartazgo comunitario contra la crueldad terrorista­ y se propuso hacer de la sangre inocente de un joven concejal y la denominación de su pueblo un ariete contra el nacionalismo vasco, implicándole primero sutilmente y luego de forma descarada en la causa del suceso. Ermua pasó a ser desde entonces grito de ira y, por qué no decirlo también, tristemente, en bandera de España, perdiendo la ocasión de constituirse en memoria de paz y en símbolo de acuerdo de la gran mayoría por encima de la diversidad ideológica. Ermua es hoy un pueblo cuyo nombre, y con él todo sus habitantes y su historia, ha sido raptado y puesto en el altar de las peores intenciones políticas para causar todo el daño posible a la convivencia. Y así llevamos más de cinco años con un futuro incierto. Es terrible que un pueblo sea convertido, contra la voluntad de sus vecinos, en puño de rabia y falsa mercancía, en capital del resentimiento.

Cuando se alude a "la rebelión de Ermua", ¿de qué se está hablando en realidad? No de un grito limpio contra la violencia, tal como fue, sino de un dedo acusador contra el nacionalismo democrático al que se hace cómplice de la lacra terrorista. Cuando se proclama "el espíritu de Ermua", ¿a qué sentimientos se refiere? No al de una sociedad hastiada de la locura de unos pocos, como es evidente desde hace años, sino al fantasma rampante de una alianza partidista que, poco tiempo después, suscribió un acuerdo electoral entre PP y PSOE enmascarado en un supuesto pacto antiterrorista. Cuando se proclama "el antes y el después de Ermua", ¿qué mensaje se transmite verdaderamente? No el mensaje de un pueblo que dijo no a ETA más alto y claro que nunca, como lo ha venido diciendo sucesivamente, sino el recado electoral que ligaba el fin del terrorismo el derribo nacionalista de las instituciones vascas, una conclusión fatídica. Nunca un pueblo ha sustentado, a su pesar, tantas mentiras y tan sórdidos intereses particulares. Hoy ya no se disimula el parangón entre la imagen de Ermua y los cálculos electorales, sobre todo cuando Mayor Oreja contrapone la propuesta de Ibarretxe para un nuevo marco de relación entre Euskadi y el Estado con "la alternativa de Ermua". La cumbre de la sisa del nombre de esta villa lo constituye la existencia del llamado Foro Ermua que reúne, precisamente, a los más beligerantes partidarios del enfrentamiento civil en Euskadi. ¿Hasta cuándo se va a seguir usando el nombre de Ermua en vano? No sé cómo viven el secuestro de su pueblo los ciudadanos de Ermua y cómo han pasado del orgullo de una movilización ejemplar al sentimiento de utilización banderiza, pero habría que pedir muchas explicaciones sobre la dimensión de este atropello a su propio alcalde, Carlos Totorika, que no sólo ha permitido que se arrastre el digno nombre de su ciudad por el lodazal partidista, sino que incluso ha sido uno de los responsables de que Ermua se vincule todavía a una dimensión sesgada de la realidad vasca y, lo que es peor, se convierta en enseña de enfrentamiento y crispación social en Euskadi. Por mucho apoyo electoral que tenga Totorika en Ermua nada le da derecho a hacer un manejo arbitrario de su pueblo para sus ambiciones personales y estrategias a gran escala. Cuando el objetivo debiera ser la salvaguarda de la dignidad popular de usos miserables, resulta que el alcalde Totorika es el primero que saquea el nombre de su localidad, lo que es un muy grave delito.

El contrapunto de la malversación de Ermua está bien cerca: Gernika, símbolo universal de paz y sacrificio de inocentes. Más que ninguna otra ciudad del mundo Gernika podría tener motivos para el grito airado y el rencor eterno contra los culpables de genocidio y violencia. Ninguna otra población puede hablar con más argumentos de dolor sufrido, de muerte soportada, de injusticia brutal y máximo horror inhumano. Y sin embargo, Gernika ha preferido sublimar la memoria de su martirio en sentimiento de paz, en imagen de reconciliación y libertad para todos los pueblos del mundo, por encima de la diversidad de ideas. Gernika ha invertido su inmolación en paz y esto es lo que le hace más grande y constituye su auténtica victoria contra el fascismo que le masacró. Basta una visita al Museo de la Paz, recientemente inaugurado por el lehendakari Ibarretxe, para darse cuenta de que Gernika significa concordia, un deseo incompatible con el resentimiento y la revancha que proponen para el futuro de Euskadi los oráculos manipuladores de Ermua. Es doloroso ver cómo populares y socialistas ­entre ellos Totorika­ instrumentalizan Ermua y cómo siguen empeñados en hacer una trinchera de todo un pueblo.

Ya teníamos a ETA, que lleva en sus siglas el nombre de Euskadi, como para que otros tomaran al asalto Ermua, un pueblo vasco. Primero nos quitaron el nombre y el alma y, finalmente, se proponen robarnos la última oportunidad, lo único que nos queda: el futuro.


Ver el artículo Devolver la voz a las víctimas en que Rogelio Alonso se refiere a este texto como ejemplo de inversión de los verdugos y las víctimas.


El razonamiento emplado en esta artículo es el usual de los nacionalistas: nosotros somos santos incapaces de odio ni animadversión (aunque bien sabe Dos que no nos faltarían motivos). Pero nunca hmos roto un plato, pues nuestra inocencia es ancestral. Nosotros nunca manipulamos, nunca utilizamos la desgacia ajena con fines electorales. No tenemos ambiciones ni intereses particulares, Dios nos libre.
No como otros, los españoles. Y aún más, esos que se dicen vascos pero son más españoles que nadie, porque sólo les alienta el odio a los vasco y el deseo de destruir lo que otros con tanta ilusión construimos cada día. Ellos lo manipulan todo; son ambiciosos, nos odian, nos tienen envidia.

Este discurso esta actualmente en boca de vascos sobrevenidos, como el que firma este artículo. Conversos políticos a los que no se refiere Arzalluz cuando habla de estalinistas. Estos son conversos de los buenos, que han descubierto santidad en las "ocurrensias" con las que se partían de risa antes de descubrir que ser nacionalista puede ser un buen negocio.

José Ramón Blázquez es consultor de comunicación. Publicado en DEIA 22/1/2003


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