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El secuestro de Occidente


El terrorismo sin fronteras, con sus escrúpulos, con sus tabúes, es una espada de Damocles que cuelga sobre todas las democracias de Europa. ¿Hay que permitir a quienes asesina a los periodistas, a quienes lapidan a las mujeres, a las bombas humanas, que decreten cómo se debe vivir en Roma, en Londres o en París?


Christian Chesnot y Georges Malbrunot, dos periodistas franceses, están en estos momentos amenazados de muerte. Esta vez, nadie puede continuar repitiendo absurdamente que «es por culpa de Bush». Esta vez la Francia gobernada por Chirac, el anti-Bush mundial, también está sometida al chantaje infecto de los asesinos islámicos. París está contra la intervención de la coalición en Irak, ¿y entonces? ¿creíais que los trenes masacrados en la estación de Atocha en Madrid fueron un favor? ¿pensabais que a Enzo Baldoni se le había pedido su opinión? No hay refugio para los periodistas, no hay refugio para las democracias, no hay refugio para los civiles, los camioneros turcos, los trabajadores kuwaitíes, keniatas, americanos, para los estudiantes iraquíes, para los noctámbulos de París o de Casablanca. Francia se creía a salvo, su gobierno ha sido algo reticente a la hora de enviar mensajes de apoyo y de clemencia para los italianos sometidos durante meses a los atroces ultimatums de los secuestradores.

Europa ha descubierto que no sirve de nada esconder la cabeza como el avestruz, y debe recordarse que la actual guerra protagonizada por el islamismo radical no fue iniciada por George Bush sino por Jomeini, y que esta amenaza terrorista no tiene fronteras. Se está produciendo en las escuelas francesas y en el mausoleo de Alí contra todos aquellos que no obedezcan, sean creyentes o no, musulmanes o infieles.

Teheran, 1979. elevado al poder entre manifestaciones en las que liberales, revolucionarios y religiosos se confundían, el ayatolá Jomeini ordenó inmediatamente que las mujeres llevaran chador. Todas las iraníes debían esconder su cuerpo bajo los velos negros. Todas, jóvenes, ancianas, creyentes y no creyentes, de la cabeza a los pies, bajo pena de prisión, flagelación, lapidación y otras naderías, muerte incluida. El guía supremo, ansioso por institucionalizar su revolución islámica, quiere dar al nuevo régimen fundamentos sólidos como una roca. Y esta roca es el estatuto de inferioridad dado a las mujeres. El velo dará carta de naturaleza eterna a su poder. Algunas mujeres de Teheran no se dejaron engañar. Lejos de considerar el edicto sobre el velo un aspecto secundario, salieron a la calle, rompieron la unanimidad que hasta entonces rodeaba al régimen de Jomeini, y se lanzaron a la primera manifestación anti-islamista de la historia. Los hombres las abandonaron. Todos, liberales, revolucionarios, religiosos, creyentes y no creyentes. Algunos vertieron lágrimas de cocodrilo y les pidieron que entraran en razón. El destino «especial» prometido a las hijas de Irán no era más que el daño colateral de una liberación general para el resto.

La estrategia jomeinista se reveló fructífera y contagiosa. La pieza de tejido que las brigadas del orden moral imponían en Irán se convirtió en una bandera política universal, un instrumento de conquista, un uniforme que hace honorable el de los nazis, dice mi amiga Khalida Messaoudi, feminista argelina. Los integristas, tanto sunitas como chiítas, se sentían ahora poseídos por el mensaje: perseguir, amputar, lapidar, degollar a las mujeres que se obstinaban en rechazar el velo. El ayatolah creó escuela en Argelia, y los intentos de cubrir con el velo a las estudiantes, cuchillo al cuello, llevará a una serie de masacres sin precedentes, donde a quienes se oponen, niños incluidos, se les corta el cuello como a los corderos de la Eid el-Adha, la fiesta del sacrificio. La suerte reservada a las mujeres prefigura el castigo de toda una sociedad.

En Afganistán, los hombres elevaron la prohibición a la exposición de cualquier pequeña parte de piel. El burka , el velo integral bajo el cual la mujer se ahoga y ve con dificultad, se propagó y se convirtió en la dictadura de los talibanes. En las escuelas europeas, en las periferias de las grandes ciudades, en el corazón de los suburbios a la deriva, pero también en los barrios residenciales, muchachas jovencísimas, por las buenas o por las malas, se convierten en instrumentos visibles de un Islam agresivo y conquistador. Los hijos, padres, sobre todo los hermanos, se envilecen dividiendo a las mujeres en «putas» (sin velo) y «sumisas» (con velo). El trato reservado a las «putas» pasa por los insultos, los puñetazos, las violaciones y los tournantes , las agresiones en grupo. En Ivry, Francia, Souad fue quemada viva.

El odio anti-occidental es evidente. La desnudez, la sensualidad, la igualdad de hombres y mujeres son regalos envenenados de los cuales Occidente, en su gran perversión, se sirve para trastornar las almas y los cuerpos. Jomeini lo vio con claridad. Despertar un antagonismo que desde hace milenios divide a la humanidad no es un atavismo oscurantista destinado, a más o menos largo plazo, a ser limpiado por la historia. Amenaza, por el contrario, con incendiar el siglo XXI a lo largo y ancho de todo el planeta.
Recordemos que la ley francesa prohíbe llevar el velo solo en las escuelas de primaria y secundaria, no en la calle. ¡No puede haber nada más totalitario que la pretensión de decidir el reglamento interno de los colegios e institutos franceses mediante la captura de rehenes en Irak! ¿Y por qué no intervenir también en el menú de los comedores escolares? ¿Y contra la promiscuidad en las piscinas? El terrorismo sin fronteras, con sus escrúpulos, con sus tabúes, es una espada de Damocles que cuelga sobre todas las democracias de Europa. ¿Hay que permitir a quienes asesinan a los periodistas, a quienes lapidan a las mujeres, a las bombas humanas, que decreten cómo se debe vivir en Roma, en Londres o en París? No fue Bush, sino los terroristas islámicos quienes comenzaron las hostilidades.

Más pronto o más tarde los europeos descubrirán la necesidad de resistir y de resistir unidos. La falta de solidaridad de las autoridades europeas que ha acompañado los asesinatos de Quattrocchi y de Baldoni es una vergüenza.

André Glucksmann, CORRIERE DELLA SERA 30/8/2004


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